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DON DIEGO ANTONIO DE PARADA, ARZOBISPO DE LIMA Y OBISPO DE LA PAZ
Diego Antonio de Parada y Vidaurre de Orduña, nació en Huete (Cuenca), el 26 de abril de 1698, siendo bautizado en la parroquia de San Pedro el día 9 de mayo. Era el hijo menor de Marcos de Parada y Rodríguez Anguix de la Encina, VI señor de Huelves y Torrejón, de la antigua tierra de Huete, y de doña Isabel Vidaurre de Orduña y Briones. Y hermano de Marcos, del Consejo de S.M., alcalde del Crimen de la Audiencia de Valencia y que heredó de su padre el señorío de Huelves; José, colegial de los de San Ildefonso y de San Clemente en la universidad de Alcalá, examinador sinodal y visitador general del obispado de Cuenca; y Sebastián, comendador de la orden de La Merced y elector general y su provincial en Castilla.
Después de realizar, presumiblemente, sus primeros estudios en su ciudad natal, estudió en las Universidades de Alcalá de Henares y luego en la de Salamanca donde se graduó en ambos derechos, el civil y el canónico, lo que le valió obtener por oposición la canongía doctoral de la catedral de Astorga, ciudad de la que a lo largo de dieciséis años fue provisor y vicario general y que fue donde recibió, a principios de 1753, el orden episcopal por mano de su titular don Francisco Javier Sánchez Cabezón, en la que se le comunicaba la orden de hacerse cargo del obispado de Nuestra Señora de La Paz, ?en la actual capital de Bolivia?, por aquellos años capital administrativa del Corregimiento de La Paz y de la Intendencia de La Paz, y perteneciente al Virreinato del Río de la Plata.
Estando en Astorga, entabló amistad con el también doctor en leyes, el leonés Antonio Cubero Díaz, el cual pasó a estar a su servicio a lo largo de toda su etapa americana.
OBISPO DE LA PAZ
Al fallecer Matías de Ibañez, y quedar vacante la sede del obispado de Nuestra Señora de la Paz, Diego Antonio de Parada, fue presentado por el Rey Fernando VI, por decreto de la Cámara del 24 de octubre de 1752, para ocupar esa plaza, propuesta que ratificó el papa Benedicto XIII, el cual le nombró obispo de La Paz en 18 de diciembre de ese mismo año de 1752. Cargo que tomó por poder su deán y arcediano al año siguiente, el mismo año en que embarcaba para Buenos Aires en atención a la Real Orden fechada en septiembre de 1753, donde se le autoriza para que pueda embarcar «en uno de los tres primeros navíos de bandera, o registros que salieran, con ocho familiares, sus libros y equipage correspondientes». Aunque antes de emprender tan largo viaje quiso despedirse de su ciudad natal, donde aprovechó para matrimoniar a don Joaquín de Parada y Otazo con doña María de la Encina y Valdés.
Llegados al mes de octubre, el día 6 embarcó con destino a Buenos Aires, no sin antes firmar en fecha del día 3 un documento donde relacionaba a todos sus acompañantes: «certifico que para mi asistencia y servicio llevo los criados familiares siguientes: Antonio Cubero, presbítero [...]; Cristóbal de los Barrios, clérigo de menores con renta eclesiástica [...]; Juan Antonio Blanco, clérigo de menores [...]; Juan José de Parada, clérigo de prima [...]; Pedro de Niela y Parada[...]; Juan de Mena [...]; Bernardino Nieto, hijo de José Nieto, caballero del Habito de Calatrava [...] y Silvestre de Puente [...], todos ellos naturales de estos Reinos, sin mezcla alguna de extrangeros, solteros y libres de matrimonio, esponsales y otra cualquiera obligación [...] como tambien Christianos viejos y Hijos Dalgo, y sin mezcla alguna de sangre infecta [...]».
Una vez en el continente americano, desde la actual capital argentina se dirigió hacia las alturas andinas atravesando las provincias de Córdoba, Catamarca, Tucumán, Jujuy y Salta, hasta recalar en La Paz, donde en enero de 1754 se hizo cargo de la sede del obispado.
En los siete años que estuvo al cargo de ese obispado, realizó tres visitas pastoral al mismo; reconstruyó el seminario diocesano, usando su propio peculio, y fundó el Beaterio de Nazarenas en 1755, que al igual que otros, recibía a niñas huérfanas o abandonadas, y también a mujeres que deseaban una vida de recogimiento y oración, y que a decir de Parada las mujeres que vivieran allí en retiro habrían de seguir estrictamente las normas y contribuir a su mantenimiento mediante labores adecuadas a su estado.
ARZOBISPO DE LIMA
Habiendo fallecido el 28 de enero de 1761 el arzobispo de Lima, Diego del Corro, el rey Carlos III presentó, para sustituirle, en fecha 15 de diciembre de ese mismo año Diego Antonio de Parada, el cual fue preconizado por el papa Clemente XIII el 23 de noviembre de 1761.
Hay que tener en cuenta, que los reyes de España siempre habían sido muy mirados pro lo que hacía a la elección de un candidato que presentar al papa para que ocupara la sede limeña, pero en el caso de Parada tenía a su favor su pertenencia a una antigua familia de castellana, su experiencia como profesor de Jurisprudencia y de Derecho Canónico en las universidades más importantes y célebres de España, su paso por la Canonjía Doctoral de la Iglesia de Astorga, y su admirable labor llevada a cabo en la diócesis de La Paz.
Aceptada la propuesta por parte del Papa y comunicada tal decisión a Parada, tomó posesión del cargo, en su nombre, el 4 de julio de 1762, el deán Juan José Marín de Poveda, obispo de la Paz, para que entretanto llegaban sus bulas tomase el gobierno de esa diócesis. Haciéndolo Diego Antonio de Parada, en persona, como XV prelado el 24 de noviembre de ese mismo año.
Llegado a la capital del virreinato peruano, una de las primeras funciones que asumió fue la de reconstruir el palacio arzobispal, que había quedado destruido por el devastador terremoto del 28 de octubre de 1746, lo que había hecho que en esos 16 años transcurridos desde entonces los anteriores arzobispos hubiesen tenido que alojarse en casas particulares, lo mismo que hizo Parada hasta que no estuvieron terminadas las obras.
Hay que decir que, con una visión comercial, no solo fue mejorada la vivienda, sino que se le acondicionaron espacios destinados al comercio, de modo que el dinero percibido por su alquiler representó un considerable fondo que se destinó a limosnas.
LA REFORMA DEL SISTEMA EDUCATIVO
Liderada por el virrey Manuel de Amat, en 1771, junto al oidor de la Real Audiencia Domingo José de Orrantia y Alberro, formó parte de la Junta de Temporalidades o de Aplicaciones, la cual realizó la primera propuesta de reforma del sistema educativo del virreinato, para la Universidad de San Marcos y el Real Convictorio de San Carlos.
Siguiendo las ordenes dadas por la Corona, la reforma buscaba corregir los defectos del sistema universitario de España y de sus colonias, a través de un programa sustentado en dos objetivos: por un lado, se aplicaría una modificación sustancial de las cátedras, contenidos y autores, y por otra parte, se implantarían una serie de mecanismos de control sobre los distintos grupos religiosos encargados de ejercer la educación. Por ese motivo, la Junta, entre otras cosas, intentó mantener la autonomía de la iglesia sin la fuerza corporativa de la Compañía de Jesús, introduciendo textos de autores, hasta aquel momento, escasamente citados en América y España, y cuyas posturas ideológicas eran desconocidas, como era el caso del benedictino Galo Cartier y su obra Lugares teológicos.
LA PRAGMÁTICA SANCIÓN Y EL VI CONCILIO PROVINCIAL LIMENSE
Durante el siglo XVIII, con el pretexto de la modernización, varios países iniciaron un ataque contra la Iglesia, empezando por la Compañía de Jesús, que a sus ojos era su principal baluarte, a la que consideraban atrasada y oscurantista, y la acusaban de oponerse a cualquier cambio. De este modo, los gobernantes de muchas naciones tradicionalmente católicas, formaron un frente común contra la Compañía con el objeto de suprimirla. El primero de esos ataques se inició en el reino de Portugal en 1759, y le siguieron Francia, en 1762, y España, en 1767, con la promulgación de la llamada Pragmática Sanción, ?el decreto de Carlos III que ordenaba la expulsión de la Compañía de Jesús en todos los dominios de la Corona española?, la cual fe ejecutada en el más estricto de los silencios, por lo cual, cuando llegó la orden a Lima, uno de los primeros sorprendidos fue el arzobispo Parada. Una orden que llegó a la capital del virreinato en la madrugada del 9 de septiembre de 1767 y que el virrey Amat se apresuró a cumplir, delegando en Orrantia, el oidor de la Real Audiencia. Y aunque Parada no protestó por la expulsión de los jesuitas, aunque su conciencia dictaba lo contrario, fue uno de los que evitó que en el VI Concilio Limense, se condenase expresamente las doctrinas jesuíticas.
Por real cédula del 21 de julio de 1769, dirigida a los metropolitanos del Nuevo Mundo y conocida como el Tomo regio, Carlos III ordenó la celebración de concilios provinciales, lo que en Lima se tradujo con la celebración del llamado VI Concilio Provincial Limense, el cual abrió sus puertas el 12 de enero de 1772, prolongándose hasta el 5 de septiembre de ese mismo año. Presidido por el arzobispo Diego Antonio de Parada interviniendo en calidad de Asistente Real D. José Perfecto de Salas, asesor del Virrey Manuel de Amat y Junyent, el cual, además, nombró por su parte dos teólogos uno de los cuales fue el padre Juan de Marimón, bien conocido por sus letras y virtud. Y actuando de secretario, el que era su compañero desde los años en que estuvo en Astorga, Antonio Cubero.
Entre los objetivos del concilio estaba el de exterminar las doctrinas laxas, ?o sea el “probabilismo” atribuido a los expulsos jesuitas?, defendido entre otros por el franciscano gallego, fray Angel Espiñeyra, Obispo de la Concepción de Chile, que como la mayor parte de los franciscanos se había convertido en paladín del monarca español y digo la mayoría, porque uno de los principales detractores fue precisamente otro franciscano, el padre Juan de Marimón, lo cual hizo perder la compostura a Amat, que escribió al Arzobispo, ordenando que fuera apartado del Concilio, y otra al Provincial para que lo enviase a una casa distante de Lima, una orden que fue acatada por lo que Marimón fue desterrado de la ciudad. En la carta, Amat recomienda que Marimón «se dedique al estudio de las sagradas letras o Historia Eclesiástica [...] de cuya falta de conocimiento dió entera y revelante prueba».
Por fortuna, no todos los asistentes eran del mismo parecer que el metropolitano de Chile, entre ellos el mismo arzobispo Parada de modo que no prevaleció el parecer de los enemigos de los jesuitas y el Concilio se abstuvo de condenar un sistema moral aprobado en la Iglesia.
Terminado el Concilio y remitidas las actas al Consejo para que este las hiciera llegar al Papa con el fin de que éste diera su aprobación, curiosamente no llegó a realizarse, de modo que las disposiciones adoptadas en el mismo, según el derecho, no tuvieron fuerza obligatoria.
REFORMA DEL CLERO Y DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS
Uno de los puntos que también trató el Concilio fue el de ordenar solo los sacerdotes necesarios para cubrir las necesidades de la diócesis, en unos años en que no faltaba quienes ascendían a las ordenes religiosas solo para gozar de una capellanía que les permitiera vivir sin estrecheces o simplemente para disfrutar sin inconvenientes de los bienes heredados.
Hay que comentar que cuando Parada llegó a Lima, solo en esa ciudad el número de sacerdotes sobrepasaba los 500, sin contar a los religiosos, y el de las monjas a mil trescientas. Por ese motivo y siguiendo las indicaciones dadas es ese concilio, el arzobispo emprendió la pretendida reforma ya que de todos era sabido que el crecido número de eclesiásticos contribuía a un lamentable desmadre de vida y costumbres, fruto de la relajación de ese clero debido a las falsas vocaciones lo mismo que sucedía en los monasterios de monjas.
Con ese objetivo, el 8 de noviembre de 1775 el arzobispo promulgó un decreto que tenía por objetivo corregir tales abusos ordenando, entre otras tantas disposiciones, que en los cinco conventos de monjas más antiguos se restringiese el número de postulantes, del mismo modo que limitó el número de religiosos en cada convento, pues se habían convertido en refugio de personas que solo buscaban vivir en el ocio. Asimismo, demoró la admisión de postulantes al Seminario de Santo Toribio y la ordenación de los aspirantes a sacerdotes, hasta que superaran las investigaciones más severas y secretas, haciéndoles esperar dos, tres o más años, hasta que hubiesen probado su vocación.
Este proceder permitió que el número de clérigos, que alcanzaba, como ya he dicho, a 500 a su llegada, pudiese ser reducido, al finalizar su arzobispado, a sólo 260.
ULTIMOS DÍAS
En los diecisiete años que estuvo al cargo de la archidiócesis, puso en marcha tres visitas pastorales, aunque solo en la primera lo hizo personalmente, pues los achaques propios de su edad lo obligaron a enviar a sus representantes, en este caso a un vicario, para que cumplieran el resto de las visitas.
Con ochenta años a sus espaldas y con una salud bastante quebrantada, pasó sus últimos días en el pueblo de Miraflores, ?actualmente uno de los cuarenta y tres distritos que conforman la provincia de Lima?, en cuyo clima buscó el alivio para sus achaques, falleciendo el 26 de abril de 1779, el mismo día que cumplía 81 años de edad. Quince días más tarde, el 11 de mayo, se llevaron a termino solemnes exequias en la "Iglesia Mayor de los Reyes". Su cadáver fue embalsamado y expuesto por tres días, al cabo de los cuales fue inhumado en la cripta de la Catedral de Lima.
La ceremonia, así como la oración fúnebre, fueron recogidos por Alphonso Pinto y Quesada (abogado y consultor del Santo Oficio) en una publicación editada en 1781, que lleva por título: Relacion de las exequias del illmo. Sor. D. D. Diego Antonio de Parada, arzobispo de Lima. En la Imprenta de los Niños Húerfanos. M.DCC.LXXXI.
Aunque estuvo alejado de su Huete natal, a lo largo de veintiséis años, no por eso se olvidó de la tierra que le vio nacer y por ese motivo a lo largo de su carrera eclesiástica envió importantes limosnas a sus iglesias y conventos ?en particular a la que era la parroquia de San Pedro donde fue bautizado, y que hoy en día se encuentra en estado ruinoso, y la del convento de Jesús y María, por ser patronato de su hermano mayor?, así como alhajas a la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel de Huelves, de mucho valor y que había comprado con este fin, y que fueron robadas en el año 1809, el día de la batalla de Uclés, del mismo modo que durante la Guerra Civil fue destruido el pectoral de Santo Toribio Mogrovejo, arzobispo de Lima, enviado desde esa misma capital por el mismo Antonio Diego de Parada, que se conservaba en esa misma iglesia.





